La caída del muro era el ícono con el que rezongaban
extasiados por el triunfo sempiterno del capital.
Clamaban desde la nación que se hace llamar América – en su afán de hacer
del resto del continente su patio trasero – que ya era el fin de las utopías.
¿Habrá sido la grandeza de sus ideas? ¿El absurdo de los sueños revolucionarios?
¿O simplemente su virtud la que les permitió la ilusión del definitivo vencer?
¿No habrá sido que cuando la historia – a sus ojos – se comenzó a torcer,
amenazando a los poderosos y privilegiados, desplegaron todas sus fuerzas?
Querían acabar con la historia, desbaratando sus motores;
aniquilando trabajadores, pobladores y sus cientos de organizaciones
y también mutilando a las nuevas generaciones; ahogando su mente y libertad,
haciéndolos sufrir por la partida incomprensible de sus hermanos, padres, abuelos
e incluso desapareciendo a los mismos niños.
Querían acabar con la historia, negándonos el pasado al buscar
arrasar con todo rastro y suplantarlo con sus símbolos y relatos viciados.
Querían acabar con la historia, dominando y moldeando aquel presente
con el autoritarismo de fusil, de temor, de brutalidad.
Querían acabar con la historia, que no nos extrañen las heridas y cicatrices
que duelen hasta hoy no sólo a quienes llevan en sí las huellas de la tortura
y de sus seres perdidos, desde el principio atacaban nuestro futuro;
a sus portadores y constructores, perseguían la reunión, la cultura, el pensamiento.
Querían acabar con la historia, pero les advirtieron; la historia la hacen los pueblos.
Y la porfía de la memoria no ha apagado su fuego; reconstruyendo esa historia,
reconfigurando ideas, organizaciones, proyectos, vamos lentamente
levantando el movimiento social con nuevas luchas en las que germina el poder popular.
No podrán, sin acabar también con ellos mismos,
poner fin a la vocación transformadora del ser humano.
Gonzalo Cuadra Malinarich
Septiembre de 2013, a 40 años del golpe de estado en Chile.